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Algunas veces las buenas obras de arte producen lenguaje, generan ideas y palabras, demandan que se hable de ellas, que se las analice y se las cuestione. Otras veces, en cambio, me parece que las buenas obras son las que nos dejan sin palabras, perplejos, atónitos, tal vez incluso momentáneamente vacíos de sentimientos y de ideas. La obra de Abraham Gragera se sitúa, sin duda, en la segunda de estas categorías.
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